TRAS LOS PASOS DE GOYTISOLO (Pablo Casanova, profesor Geografía & Historia)

Tras los pasos de Goytisolo

Debió de parecerle que Almería era una confusa mezcla de desolación y hermosura; de estar vagando por un páramo yermo y caluroso que, sin embargo, le ofrece al viajero la acogedora sensación de no querer estar en otra parte salvo allí. Debió de pensar que prácticamente nada había cambiado desde la primera vez que la visitó, y que esa ficticia inmutabilidad era la culpable de que su gente viviera y hablara con esa enternecedora aleación de indolente conformismo e ilusoria esperanza, percibiendo en apenas unas pocas frases oídas al vuelo como el anhelo de mejora se desvanecía con la misma rapidez con la que la arena del desierto de tabernas se abalanza en los días de viento sobre las pitas y los henequenes; sobre los tarays y las retamas; sobre la sequedad de una tierra que niega el agua para el cultivo y entierra las expectativas en surcos de invernaderos con los plásticos hechos jirones.

Hablando con ellos, tratándolos con esa perezosa cercanía que otorga el saber que antes o después regresarán a sus casas y que probablemente no volverá a verlos nunca más, observando de cerca como su piel parecía estar hecha de un material distinto al del resto de los hombres -agrietada igual que las incontables vetas de las antiguas minas de Rodalquilar que  ofrecieron por igual trabajo y sufrimiento-, quizá comprendió por qué en la zona de Níjar la gente deseaba marcharse de allí para siempre y en cambio él solo ansiaba seguir caminado por aquellos pedregosos caminos que conectaban una pedanía con otra, descubriendo la sugestiva belleza de un lugar achicharrado por el sol y fastidioso de polvo que se vuelve más áspero bajo el cantar monótono y agreste de las chicharras en la hora de la siesta.

Viajando por una carretera nacional que más bien parece un camino rural al que han tratado de darle un poco de alquitranado lustre sin conseguirlo del todo, encontró en su viaje por los campos de Níjar los más variopintos personajes. Retazos de vidas que hoy apenas son ya un nubloso recuerdo plasmado en las páginas de una corta novela de segunda mano que compré una mañana de invierno en una librería del centro de Almería: el Sanlúcar, un camionero al que le extraña que Goytisolo no conozca a unos paisanos suyos de Barcelona; dos muchachas de generosas carnes que trabajan como maestras en Rodalquilar y a las que parecer esperar una indeseada soltería; un viejo de enigmáticos ojos desteñidos que porta una saca con tunas y que le habla de un hijo al que mataron en Gandesa durante aquella maldita guerra de España. Un rico aprovechado de tanta pobreza al que todos llaman don Antonio y que ha ido comprando tierras y casas como si fuesen las rebajas de unos grandes almacenes. Un tal Juan, un alma taciturna que encontró en Las Negras desesperado por abandonar todo aquello, algo borracho y sin el valor necesario para irse… Y así, pueblo a pueblo, día a día, va formando en su particular lienzo de palabras el retrato miserable y derrotado de unas gentes que casi con total seguridad no conocerán mejor dicha que la que el propio Goytisolo pudo ir viendo hasta llegar a Carboneras, reducto último de un viaje que acabó sumiéndole también a él en un hondo desconsuelo que ya nunca abandonará.

Ahora, cincuenta y ocho años después de aquello, he recorrido, junto con dos buenos amigos, el mismo itinerario que él hizo cuando salió una luminosa mañana desde la estación de autobuses camino de El Alquián, donde realizó su primera parada. Durante las dos noches que pasamos rememorando su figura y su libro, parando en los mismo pueblos en los que él se detuvo, traté de imaginar la singular impresión que debió de causarle tanto malogrado lugar a su ya de por sí melancólica figura, aunque, afortunadamente, apenas queda ya un reducto de aquella lejana pobreza. Al caer la noche, desprovistos ya de la madrugadora euforia y de la suciedad y las trazas de sudor que nos causaba nuestra travesía en bicicleta, bebíamos algo de vino y reíamos recordando anécdotas antes de releer algunas de las páginas de Campos de Níjar. Escuchando nuevamente las descripciones que Juan Goytisolo hizo, los adjetivos que empleó para describir unas cuantas casas en la lejanía o la vista de un pueblo anclado sobre la ladera de un monte, comprendí al fin que la tristeza y hasta la crueldad que a veces hay en sus palabras encierran, sin embargo, un amor infinito por esta tierra y por sus habitantes; el mismo abatimiento que empiezo yo  a sufrir  cada vez que ahora tengo que marcharme de allí.

A José Antonio y Carlos

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