Colliure, última parada. Por Pablo Casanova

Si quieres leer más de Pablo Casanova, El Tiralíneas te invita a visitar su blog en la siguiente dirección:  pablocasanova14.blogspot.com.es

Colliure, última parada

Le pesa la maleta en exceso, no solo por las cosas que transporta en su interior -la poca ropa que pudo llevar consigo, los utensilios para el aseo, unos zapatos negros que ya no volvería a tener ocasión de ponerse, el viejo despertador que siempre le acompañaba en cada sitio en donde vivió, unos pocos libros de poemas y unas cuantas novelas cuidadosamente seleccionadas en la atropellada huida-, sino porque en ella también van, dentro de un compartimento que solamente él es capaz de ver, todos los recuerdos de su infancia andaluza, los amigos que fue haciendo en los años de juventud en Madrid, abrumado por la bohemia urbanidad que se diluye pesadamente entre el humo de los cafés de artistas que tanto gustaba frecuentar, la personalidad tan diferente de Leonor y Guiomar las dos mujeres a las que más conoció y amó… Reminiscencias de una vida habitada en cada aliento, en cada palabra, en cada verso que plasmó sobre cuartillas de un papel que el tiempo ha amarilleado.

Con las pocas fuerzas que le quedan mermadas, se detiene a descansar unos minutos. Del bolsillo de su gabán saca un pañuelo de tela para secarse el sudor de la frente y al hacerlo descubre que lleva también un pequeño trozo de papel y un lápiz al que todavía le queda algo de punta, por lo que decide sentarse a un lado del tortuoso camino que llevan andando durante horas, sobre unas incómodas piedras y un poco de hierba seca, viendo pasar a su madre y a su hermano, a algunos de sus amigos, a hombres y mujeres y niños que, como él, dejaban su país con la errónea certeza de que antes o después regresarían. Observándolos, portando también pesadas maletas de piel gastadas por las esquinas y por el asa -las manos ateridas igual que las suyas-, tirando de pequeños carros de madera en las que se apilan las pocas posesiones que les dio tiempo a coger antes de que la guerra y el odio inherente a ella llegasen a Barcelona, percibió con una pesarosa clarividencia la triste desolación que venía caracterizando la España de aquellos años: su mísero analfabetismo cultural, su rancio atraso confesional, su odio visceral perpetuado para siempre en la tapia de un cementerio o en la cuneta de alguna maltrecha carretera donde aún yacen centenares de muertos… Y se sintió más viejo y cansado que nunca.

Por un instante, trató de olvidarse de toda esa desdicha, del duro camino que le iba comiendo la suela de sus zapatos marrones de hebilla y del polvo que iban respirando constantemente; el mismo que le cubría el gabán y el sombrero que ahora tiene junto a la desvencijada maleta que más tarde tendrá que abandonar antes de cruzar la frontera con Francia de camino a Colliure, donde encontró una iglesia a la orilla del mar y un luz mediterránea que le recordaba a los veranos de su infancia y a los muros encalados de los patios del Palacio de las Dueñas y una brisa que era igual que esa otra que perfuma de azahar las tardes de primavera en Sevilla. Como si de un espectáculo de hipnosis se tratara, cerró los ojos y se imaginó a sí mismo sentando en el porche de su casa en Baeza y al abrirlos nuevamente escribió en el arrugado trozo de papel dos sencillos versos que acabarían convirtiéndose en su obra póstuma, porque en Colliure, en ese pueblecito costero del sur de Francia que Matisse y Derain pintaron con fovistas colores en sus lienzos, Antonio Machado también halló descanso con la muerte.

“Estos días azules, y este sol de la infancia”

Antonio Machado 

1 opinión en “Colliure, última parada. Por Pablo Casanova”

  1. Con su escritura sentida, precisa, casi preciosista, y cargada de sensibilidad, Pablo nos relata en este breve texto el sentimiento de infinita tristeza, melancolía y pesadumbre que acompañó a Antonio Machado, a su familia, y a miles y miles de españoles que abandonaron su tierra, expulsados por el miedo y la muerte, al cruzar la frontera con Francia. Pero Machado, no sólo está despidiéndose de España sino también de la vida. Una vida tortuosa, polvorienta, seca, dura, llena de desdichas y de algunos amores también. Es en esos momentos en los que recuerda un lugar y un espacio en el que siente que fue feliz. Se aferra a ese recuerdo y lo escribe, porque sabe que lo que se escribe perdura y no quiere que se pierda, nos lo regala.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *