Los rockeros van al infierno. Por Carlos Amorós.

Los rockeros van al infierno[1]

 «I like beautiful melodies

Telling me terrible things.»

 -Tom Waits-

En unas de sus últimas entrevistas, Umberto Eco, al ser cuestionado sobre por qué había escrito su última novela –Número Cero– desde el punto de vista del perdedor, respondía «porque eso es la literatura. Dostoievski escribía sobre perdedores. El principal personaje de La Ilíada, Héctor, es un perdedor. Es muy aburrido hablar sobre los ganadores. La literatura, en mayúsculas, siempre trata sobre perdedores.» En el universo de algunos, el fatalismo es más atractivo. Ser del Atleti o del Rayo es más cool que ser del Madrid, de igual manera que adorar al director danés Von Trier es hoy considerado por los puristas más auténtico que hacerlo con Ridley Scott, autor de obras tan soberbias como Blade Runner o Gladiator. Cuestión de modas, supongo.

Algo así debió pasar por mi cabeza cuando empecé a escuchar música con 11-12 años. El triste panorama musical de las radios generalistas (OT, Los 40…),  hizo que tuviera que girar mis oídos hacia otras cosas, por higiene mental. En mi casa siempre se había escuchado mucha música, recorríamos España a ritmo de banda sonora (REM, Stones, Van Morrison… ), así que me dirigí una estantería enorme que tenía (y sigue teniendo) mi padre, y me puse a investigar su amplia discografía -una tarde, por aburrimiento, conté cerca de 6.000 CDs, 1.500 LPs y 1.000 cintas de casete-, y al llegar a la sección de rock, me fui a los autores en castellano, y así me aficioné a la música. Grupos como Leño, Los Enemigos, Los Ilegales, Extremoduro, Platero y Tú…marcaron mi adolescencia. Llegué a Federico García Lorca, Miguel Hernández, o incluso a Calderón de la Barca, gracias a Robe Iniesta o Josele Santiago, los cuales hicieron mucho más por mi educación literaria que algunos profesores.

Desde siempre una máxima en mi casa fue; «ante la duda, vete a las fuentes», y me puse a investigar como un obseso la historia del rock, abarcando desde bluesmen como Robert Johnson en los años 20, pasando por los orígenes del rock and roll con Chuck Berry o Little Richard en los 50, la invasión británica –The Beatles o The Kinks-, la explosión Stoniana, los llamados songwriters, como Bob Dylan, y muy especialmente el rock sureño, al estilo de Lynyrd Skynyrd o Creedence Clearwater Revival.

Como de freaks está lleno el mundo, no contento con esto y para rizar aún más el rizo, me hice con un libro que contextualizaba la evolución de este género musical en determinadas épocas históricas. No tiene mucho sentido, o yo lo veo así, por ejemplo, escuchar blues, o sus instrumentos –bottleneck[2]-, sin analizar la explotación de los negros en los campos de algodón del sur de los EEUU. Todo tiene causas y consecuencias.

El estallido de la música popular a finales de los años 50 –Elvis, Jerry Lee Lewis, Bo Diddley… -se produce al calor de la postguerra, en los albores del Estado del Bienestar -de cuyo derribo somos cómplices y cooperadores necesarios-, cuando generaciones de jóvenes con dinero en el bolsillo deciden gastarse sus ahorros en aparatos de radio y guitarras, y comienzan a formar grupos de música. Impresiona pensar en un tipo como Elvis saltar al escenario y cantar «”The warden threw a party in the county jail…”» con el Senador McCarthy todavía vivo. La ‘Caza de Brujas’ The Witch-Hunt[3]– alcanzaba su cenit, también en la música. Comenzaba una nueva era en la cultura popular. El mundo estaba a punto de cambiar. Programas de televisión como The Ed Sullivan Show o Hollywood A Go-Go con actuaciones en directo proliferaban. El capital business siempre fue rápido en ver oportunidades de negocio. En Youtube se pueden ver actuaciones musicales de artistas de la época; auténticas joyas documentales, a imagen y semejanza de nuestra parrilla televisiva (nótese la ironía).

La década posterior supondría el nacimiento de la categoría de cantautores políticos. Un judío flacucho[4] se asomaba a los escenarios del Greenwich Village, en Nueva York, y dejaba de hablar de chicas y coches para cantar lo que nadie se atrevía en mitad de la Guerra Fría. Una bofetada a las tranquilas conciencias de la América de postguerra (Blowing in the Wind, The Times They Are A-Changin). De igual manera, imaginemos el ‘verano del amor’ -1968- sonorizado por bandas hippies como Jefferson Airplane, o el archiconocido festival de Woodstock en el año 1969, que reunió a bandas de la talla de Creedence, The Who, Jimmi Hendrix, The Band o Janis Joplin, entre otros. El espectáculo artístico nunca vuelto a superar. Un servidor lo piensa, y no termina de creerlo.

La intervención estadounidense en la Guerra de Vietnam, fuertemente rechazada por la sociedad norteamericana, tuvo también un gran impacto en la música popular, manifestándose en canciones como Bring ‘Em Home (Pete Seeger), Fortunate Son (CCR) o Working Class Hero (John Lennon). John Fogerty (Creedence) denunciaba cómo sólo los hijos de los pobres iban a la guerra a morir. Lennon describía la alienación de la clase obrera. Se concibe la música como instrumento de transformación popular. Lo mismo puede afirmarse del movimiento por los derechos civiles y la liberación de la mujer. Como observamos, todo cambio social lleva aparejado su himno y símbolo; la lucha racial alzaba puños al sonido de A Change is Gonna Come, del maestro soul Sam Cooke, y en las manifestaciones pro-derechos de las mujeres se coreaba You Let Me Down, de la diosa Billie Holiday.

Los 70 fueron años de experimentación y reinvención en los distintos campos artísticos, ya fuera en la pintura -Andy Warhol-, Aldo Rossi en la arquitectura, Bukowski en la literatura, o Woody Allen en el cine, por citar solo algunos ejemplos, y la música no iba a ser menos. Los decibelios aumentan con el rock duro y los amplificadores de válvulas Marshall. Smoke on the Water o Whole Lotta Love de Deep Purple y Led Zepellin se convierten en clásicos que todo adolescente quiere aprender a tocar. A estos se suma la chulería y la pose de los sureños Lynyrd Skynyrd y su bandera confederada –más por estética y provocación, que por convicción-. Como los calificaría el crítico musical D. Manrique, representaban «el grupo definitivo de rock sureño, fusionando la potencia saturada del blues-rock con una imagen sureña rebelde y la arrogancia del hard rock». La música del sur de EEUU, que había sido en cierta manera postergada mediáticamente por una supuesta afinidad con valores esclavistas, experimenta un revival. Bandas de country-rock como Gram Parsons, The Byrds o The Grateful Dead pasan a un primer plano, obviando todo ramalazo conservador. El primero se convierte en el niño mimado de la crítica musical, y objeto de deseo de los Stones, especialmente del incombustible Keith Richards –hay quien dice que fue uno de los que secuestró su cadáver para enterrarlo en mitad del desierto-, mientras que los segundos supieron combinar los sonidos folk, la actitud country y el juego vocal de los grupos de los 50. Nada ni nadie ha podido superar lo que supuso esta década. Entre 1968 y 1974 está condensada la mejor música popular que se ha hecho. Uno tiene la impresión de haber nacido en la época equivocada.

Como hemos dicho, los movimientos artísticos no se pueden desvincular de las condiciones socio-económicas en que tienen lugar. Toda forma de expresión artística es consecuencia de los modos de producción presentes en la sociedad. Margareth Thatcher llega al poder en Reino Unido en 1979. Ronald Reagan hace lo mismo en 1980 en los Estados Unidos, y con ellos se inicia la revolución neo-conservadora y el desmantelamiento del Estado del Bienestar y de los servicios públicos (de aquellos polvos, vienen estos lodos). Johnny Rotten sale al escenario y escupe Anarchy in the UK. The Times pide su encarcelamiento. El lema No Future se convierte en el eslogan de toda una generación abandonada por las autoridades y sin ningún porvenir. Al otro lado del Atlántico, Joey Ramone escribe verdaderos manifiestos políticos contenidos en dos minutos y tres acordes. Joe StrummerThe Clash– escribe Spanish Bombs, y ahoga sus penas en los bares de Granada y Madrid. El Punk supone la resurrección de un cierto nihilismo urbano. Trainspotting (1993) describe muy bien esta época oscura de Reino Unido. Tiempos de huelgas mineras en el norte de Inglaterra y Escocia. Dos inviernos sin calefacción. Un país entero solidarizado con los trabajadores. Paul Weller tocando gratis para los huelguistas. Deberíamos aprender alguna cosa de los guiris, no todo son sandalias con calcetines y tostadas con habichuelas –beans on toast-.

Llegan los 80, y con ello el ocaso del rock. Nace la MTV y se extienden las emisoras musicales mainstream. Los sintetizadores sustituyen a los instrumentos y las letras pasan a un segundo plano. No interesa que el oyente piense, se atomizan las relaciones sociales, se inaugura la era del todo “ahora y aquí”. Con contadas excepciones –Bruce Springsteen y su dickensiano relato de las condiciones de la working class-, la música pasa a ser un divertimento más. Un pasatiempo sin ningún tipo de pretensión artística o social. Esto coincide con el auge de estilos como la electrónica y el indie, especialmente.

Y de pronto se apagó el amplificador. Los medios empezaron a ignorar la música rock -sólo reservada para revistas y emisoras “especializadas”-, y la gente dejó de ir a conciertos, asociando este estilo a la prehistoria. Poco a poco, lo que un día fue algo de masas, fue quedando para puretas que había sido jóvenes en dicha época, o algún chaval/a despistado que había heredado un montón de discos de sus padres. ¿Injusticia histórica o fatalismo romántico?  ¿Atleti o Madrid? Elijan ustedes.

[1] Título de una canción del grupo español Barón Rojo.

[2] El slide o bottleneck es una técnica de guitarra en la cual se toca una nota, y luego se desliza el dedo a otro traste, hacia arriba o abajo del diapasón. Esta técnica es utilizada para producir sonidos llorosos, melancólicos o chillones. El término bottleneck se refiere al material original utilizado en dichos deslices, que originariamente era el cuello de las botellas de vidrio usados por la gente de color en los descansos de sus duros trabajos.

[3] Proceso de persecución política llevado a cabo por el Senador McCarthy en los EEUU en la década de los 50, que suponía la investigación, detención e imposibilidad de seguir trabajando de aquellos actores, músicos, guionistas… “sospechosos” de simpatizar con las ideas socialistas. Personajes como Orson Welles, Arthur Miller, Charles Chaplin o Albert Einstein, por citar algunos, fueron objeto de juicios sumarios y humillación pública por sus ideas progresistas. The Front (1976), con Woody Allen, y Good Night and Good Luck (2005), protagonizada por George Clooney, detallan esta época de manera muy clara.

[4] Bob Dylan, el cual experimentó unos curiosos viajes ideológicos y religiosos a finales de los 70, llegando a declararse seguidor del cristianismo más conservador.

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